El jueves, 6 de junio, en el Centro Socio-Cultural "La Casa Verde" de la Villa de Firgas, tuvo lugar el acto de entrega de premios del III Concurso Literario «EXPRESIONES DE LA NATURALEZA» que, con  motivo del Día del Libro 2019, ha sido convocado por« ARUCAS DIGITAL» y «LA VINCA, Ecologistas en Acción».
  Con presentación a cargo de Mario Marrero, en representación del colectivo La Vinca, la velada se inició con la intervención del profesor Juan Ferrera, miembro del Jurado del certamen, que habló de la finalidad del concurso y de la gran calidad de los trabajos presentados al mismo. Después tomó la palabra el director de Arucas Digital, que comentó los propósitos y motivaciones de la convocatoria de esta cita literaria anual y, a continuación, se procedió a la entrega de diplomas y premios a los autores galardonados:

  Primer Premio para CELINA RANZ SANTANA por su obra "LA SUPERVIVIENTE"
Segundo Premio para ANTONIO GONZÁLEZ CROISSIER por su obra "INSOMNIO"
Tercer Premio para FULGENCIO RUIZ BRAGADO por su obra "FARALLÓN"

   El acto finalizó con la actuación de Cuentacuentos del colectivo "Labrantes de la Palabra"

 

TRABAJOS PREMIADOS

LA SUPERVIVIENTE
Autora: CELINA RANZ SANTANA

  No fue tu tamaño, ni tu color, ni el abrazo abierto de tu silueta. Fue la osadía con la que emergías desafiante de la nada, exprimiendo cada gota de vida de la roca porosa en la que habías construido tu hogar. Ésa fue la que me hizo detenerme y contemplarte más de cerca, como si la inmensidad de tu existencia fuese más fácil de abarcar en las distancias cortas.

  No me hizo falta más que un simple vistazo para comprobar que tú también tenías el corazón hecho de fractales. Pequeñas porciones de esperanza dando vueltas alrededor de tu epicentro, más extensas y dispares cuanto más se alejaban del origen. Sobre tu piel, cicatrices. El estigma imborrable de un tiempo que no pasa de largo para nadie. Heridas sangrantes que se suturan a fuerza de sol y de polvo y que se sienten aun cuando nadie las ve.

  Quizá no fueron más que las ensoñaciones de una caminante, pero vi tanta humanidad en ti que ni me atreví a tocarte, temerosa de que el contacto piel con piel acabara por hacernos más frágiles a las dos. Pero me quede allí, compartiendo tu silencio durante unos minutos. Contemplando con admiración el ímpetu con el que te abrías al mundo, una y otra vez, en un ciclo infinito que no terminaba de acabar cuando ya estaba otra vez en el punto de inicio.  Pensé en ti y en tantas otras antes que tú, repartidas por paisajes más hostiles donde en el interior de las rocas no se esconden ni las lágrimas. Y entendí que de entre todas las proezas de la naturaleza, tu supervivencia era la más esperanzadora de todas.


 
INSOMNIO
Autor: ANTONIO GONZÁLEZ CROISSIER

Finales de noviembre de un año de aguas. Es noche adentro, todavía a dos horas para que surjan las primeras luces de la madrugada, cuando los pasos en las calles suenan como los cascos de un caballo en una calzada de piedra; las carreteras duermen al otro lado de la ventana, encendidas sólo para mí, parecen serpientes que se deslizan por los barrancos, entre los pechos desnudos de la tierra, buscando el calor húmedo que vive bajo un extenso y blanco velo de bruma.

Muy a lo lejos se escucha a un perro ladrar a la soledad de esas horas, creo que aguarda una respuesta; ladra dos veces y espera unos segundos, quiere saber quién está al otro lado de esa tiniebla que parece haberlo olvidado en algún frío rincón de la ciudad, mientras los ecos que reverberan en el gran silencio nocturno, confunden su procedencia. Quizá le ladre al infortunio que lo mantiene preso, a su pasión ancestral por llegar a ser el lobo que lleva dentro o quizá sólo se lamente unos segundos en los tímpanos de la nada.

Esta noche es una noche triste, esta noche será larga. Ya veo cómo se aleja el sueño por la carretera iluminada, va en la garganta de una serpiente a la que le brillan las escamas. Me asomo a la ventana, estiro el cuello y aúllo muy despacio para que mi soledad encuentre al perro olvidado entre los ecos confusos de la madrugada.

Ha enmudecido, quizá sea yo la respuesta que esperaba el lobo, quizá fuera él la pregunta que yo me hacía.


 

FARALLÓN
Autor: FULGENCIO RUIZ BRAGADO

   El artista coloca el caballete al borde del acantilado sobre el suelo de picón, lo asienta y ajusta el lienzo con  movimientos  precisos, automatizados por haberlos repetido mil veces,  sin apartar los ojos del paisaje. Una idea ilumina sus pensamientos como un relámpago y se convierte de inmediato en una palabra: farallón.  Será el título del cuadro todavía no comenzado; está decidido,  aun antes de sacar del macuto los primeros pinceles y los tubos de pintura. El paisaje es imponente. Bajo sus pies, al fondo del precipicio, las olas baten con bravura las rocas que emergen de las aguas como pequeños islotes. La espuma envuelve los peñascos y se renueva continuamente en torno a ellos, creando una sucesión hipnótica de fotogramas parecidos, pero siempre diferentes. Ha esbozado con rapidez la solidez de los promontorios y  la esponjosa corporeidad de las espumas  con precisos trazos de carboncillo. Con empastes negros y terrosos les va dando corporeidad sobre la tela con una maestría inusitada. De tanto en tanto toma distancia y tuerce la cabeza para calibrar el efecto conseguido, aplicando pinceladas leves aquí y allá --de verde en las piedras; ocre en los remolinos—para lograr sombras y volumen.

    El lienzo, en los contornos  de las crestas rocosas ceñidas por la espuma, es un yermo virginal que parece aguardar con esperanza la intervención del artista. Sin embargo, éste se ha detenido un instante frente al panorama, y duda; tal vez esté abrumado por la abundante gama de azules que ofrecen a sus pupilas el cielo y la mar. Frenéticamente pone pigmentos en la paleta y va mezclándolos, diluye su espesura con aceite o rebaja su tonalidad con blanco de plomo. Aplica sobre la tela pinceladas densas de azules turquesa y  ultramar; crea sombras con azul de Prusia  o  de cobalto, y  claridades  cerúleas y celestes. Trabaja con una rapidez aparentemente caótica, de la que pronto, sin embargo,  comienza a reconocerse  la bondad de un  firmamento límpido y algunas nubes esponjosas que transmiten serenidad. Las aguas, sin embargo, son procelosas. El mar no se doblega ni se detiene. Las corrientes y el oleaje los consigue con trazos de añil y de violeta que sólo se remansan en la línea del horizonte.

   El artista mira su obra terminada y parece satisfecho. Por un momento tal vez crea haber sometido a la naturaleza, haberla enjaulado en un marco. Pero en su fuero interno sabe que no es cierto y se da cuenta de inmediato; su complacencia es efímera.  El cielo es infinito y el océano, indómito. Ambos inabarcables. Únicamente los farallones, esas rocas altas y tajadas que sobresalen en el mar, según define el diccionario, parecen sometidos por el borboteo jabonoso de la espuma.

 


Trabajo presentado fuera de concurso, pero distinguido por su calidad literaria.

CUESTIÓN DE ÁNGULOS Y CORRIENTES
Autor: ÓSCAR GIRÁLDEZ MACÍA

Recuerdo las primeras palabras que escuché. Sonaban impersonales como las que escupen melodiosamente los altavoces humanos en las terminales de cualquier estación:

—Dinnnng donnnng.

—Estimados seres vivos, bienvenidos a la superficie. La temperatura es de 23 grados. Mantengan sus hojas y demás pertenencias controladas en todo momento. Bienvenidos a la luz.

            Del negro turba al azul cielo. Desde la anaeróbica humedad hasta el ozonizado calor. Así nos parieron. Justo, según dicen, como mueren las personas: caminando hacia la claridad. Y no es fácil sobrevivir aquí con tanto pájaro que anda suelto, cuando menos te lo esperas se sumerge un pico y sales volando entre buche y molleja.

            Los primeros meses de vida son muy divertidos. Cada vez que asoma una perezosa hermana apostamos, alborotadas, sobre cuánto tiempo mantendrá sobre su cabello verde esa poca tierra que arrastra en su emersión. La recién llegada sonríe coqueta guiñando un ojo y cimbrea el talle de su esbelto tallo hasta que se queda calva. Nuestras carcajadas de clorofila lo impregnan todo. Se acerca la música. Se acerca el sembrador.

            Así llamamos al que tuvo la osadía de escogernos un día, al que nos sujetó delicadamente entre sus gastados y huesudos dedos antes de abrigarnos dulcemente esperando que el letargo no durara para siempre. Acompañado de su fiel radio, se aproxima, esperanzado, hasta nosotras, y su corazón ríe al observar detenidamente los nuevos vástagos de su prole. —¿Cuántas veces lo habré vivido? —se pregunta, —¿Cúantas veces más me emocionaré? —se responde.

            Pasa la feliz infancia; llega envuelta de incertidumbre la emancipación. Bueno, de esa manera, ustedes ya saben. Una mudanza a un hogar más grande y acogedor, conviviendo con menos hermanas (aunque ahora nos hacemos cosquillas con los pies) y como no, dejándonos alimentar y saciar nuestra sed por nuestros progenitores, esto de independizarse ya saben lo mucho que cuesta.

            La primavera ya está aquí. Alimento a alguna que otra voraz oruga que algún día tendrá alas y librará mi néctar escudriñándome con su versátil espiritrompa. Las mariposas siempre están de fin de año, soplando el matasuegras y centelleando colores en el aire. Siguiendo el errático vuelo de una y observando su grácil y exitoso aterrizaje en tu corola fue cuando te vi. Me enamoré perdidamente.

            Temblamos siempre que la brisa quiere y vivo ansiosa esperando que ocurra. Ordeno mis cálculos y los repaso constantemente. Es cuestión de ángulos y corrientes, me repito una y otra vez. Hueles tan bien y eres tan hermosa. Necesito llegar a ti. Envidio, hasta hacerme daño, a todo bicho viviente que lo consigue. Ya viene la ráfaga. Ojalá esta vez pongas algo de tu parte y no salgas huyendo como haces siempre. Quizás entonces pueda, durante un instante eterno, rozar tus deseados pétalos.