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Este año, por diversos
motivos, no pude llevar a cabo mi tradicional “operación
bikini”. Es decir, matarme a caminar por la Avenida Visviqueña y
subida, y correspondiente bajada, a la Montaña de Arucas con el
fin de lucir un palmito impecable. Si bien, a estas alturas de
la vida lo de “lucir un palmito impecable” es tarea harto
difícil y no va a ser posible hasta otra reencarnación como
mínimo. Pero en el momento en que escribo estas líneas, en pleno
agosto “panzaburrero”, me he puesto en marcha con el fin de
aligerar algunos kilillos. Lo que viene a significar que eso
para mí es casi casi “un palmito impecable”.
Y
recuerdo que en ocasiones anteriores en las que estaba gordo
como un cochino, los amigos y conocidos me decían de todo, y me
recordaban continuamente mi situación. Vamos, como si yo no lo
supiera. Luego deduje, con el tiempo, que sus opiniones y
pareceres tenían más de hirientes que de simples comentarios.
Era evidente que para algunos resultaba un alivio que yo
estuviera gordo, pues así ellos se reafirmaban, bien en su
constitución, o bien, porque en esa época andaban más bien
flacos. Luego, con dieta incluida y caminatas interminables,
logré bajar unos doce kilos. Entonces ya no me decían nada. Me
miraban, pero no decían nada. Pero como la envidia es un deporte
nacional arraigado llegaron los primeros comentarios. “¡Estás
viejo!”, me repetían continuamente. Al principio lo pensé, pero
caí en la cuenta de que para ellos “el estar viejo” era que
“estaba más delgado”. Y claro no lo podían soportar ni mucho
menos reconocer.
En
fin, que hay gente para todo. Y mucha envidia.
Pues, nada,
improbables y fieles lectores, el lunes empiezo. ¿Ustedes me
entienden, no?
PD: Claro, claro: el lunes empiezo la “Operación
Peladilla” con vistas a las Navidades.
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