ENTREGA DE PREMIOS DEL II CONCURSO LITERARIO  «EXPRESIONES DE LA NATURALEZA»

   En el Centro Socio-Cultural LA CASA VERDE de la Villa de Firgas tuvo lugar, el jueves 28 de junio, el acto de  Entrega de Premios del II CONCURSO LITERARIO «EXPRESIONES DE LA NATURALEZA» que, con motivo del Día del Libro 2018, convocaron la revista informativa ARUCAS DIGITAL y el colectivo LA VINCA, ECOLOGISTAS EN ACCIÓN.

   En la edición de este año resultaron premiados los siguientes trabajos:
 

HACERNOS NOCHE
Autor: JOSÉ LORENTE ARENCIBIA

   Amanezco en otro giro quebrado de tu calendario, perplejo resucito las flores que dormitaban cabizbajas con el oscuro brillo de las horas que nunca veo. Te veo en mis recuerdos; estaba contigo desde las sombras a las sombras, cuando lo relojes se paraban y contábamos estrellas para volver a casa.
  Limpio mis legañas con el rocío de las primeras nubes que acarician gargantas insaciables y observo descuidados los manteles que ayer te regalé. Pierdo mi vida vaciando escombreras de tristeza y curando heridas de guerras sin balas. Relleno los pantanos con lágrimas y vagabundo renazco al amor descuidado de almas quejumbrosas. Me abandonaste para amar a otros mirando pantallas, como si ya no me conocieras. Se arquea mi presencia acercándome al abismo negro de un nuevo adiós y no me has visto.
  Intento parar el tiempo pero eres tú quien acelera la rueda y ya no sé contar estrellas, ni montañas, ni lunares en tu espalda. El vaivén que fuera hermoso se torna agrio y me molesta sentir la deriva poderosa patrullando mis pies famélicos hacia senderos de desespero. Te quiero pero acallo mis voces penitentes acaso haya sido un error pretender tu mirada sin filtros mientras caliento la piel que te cubre. Me escabullo errático detrás de vapor y tormentas arrastrado sin energía hacia otro giro inexorable. Me acostumbro a no estar donde tú estás y a no alumbrar donde tus sombras no quieren aparecer para pasados los años encontrarme flaco e inseguro, exigua imagen de la estrella que junto a ti fui.
  Y una presencia de repente detiene mi alicaído caminar. Eres tú, has cambiado pero reconozco tus manos fuertes y valientes. Me miras. Me miras, sigues la cadencia de mis movimientos. Pienso en las palabras que no nos hemos dicho y me ahogo en un mar de frases que se apelotonan en nudos de marinero. Me sigues mirando y veo que no tienes aquel brillo en los ojos ni la sonrisa en el corazón. Pero eres tú.
  Paran los segundos y me acerco y te susurro: “¿Recuerdas el eclipse en que me enseñaste el color de la noche?”
Tu boca negra me responde oleadas sin voz y el grito de tu macabro silencio eterno me araña las entrañas en llamas. Una marchita brisa mueve tu pelo y los ojos no se te cierran. Eres tú pero no estás tú. Entiendo que me buscaste tarde mirando al suelo, estoy aquí contigo, encima, en las escaleras que fabricamos. Sube, nos haremos noche juntos.

 


A CIERTA ALTURA DEL SUELO
Autor: INOCENCIO JAVIER HERNÁNDEZ

   Estimada compañera de viaje;
  En estas líneas dejo las indicaciones oportunas para convertirme en árbol… El jardín de casa estaría bien… No sé. A nadie le hace gracia tener un muerto dentro de casa, por más que el muerto haya dormido en la otra mitad de la cama, durante la mitad de un siglo. Si el jardín no te hace gracia, descártalo. Sin humor somos humo… Mejor en un bosque o al borde de un acantilado. Imagínatelo. ¿Puedes imaginártelo? El sonido del bosque aleteando como una pardela hambrienta. La luz del amanecer garabateando eternidades.
  Lo he pensado. Lo he sentido. No quiero pasar la eternidad en un ataúd. Puedo visualizarlo. Ahí está el primo lejano (artificial, desnaturalizado, lejanísimo), contando el chiste del fantasma de las bragas de oro. Y el tiempo pasará. Y me invitarán a hospedarme en esas cápsulas del destiempo. Grises como el olvido. Sé que no te gusta hablar de estos temas, pero es el tema. La primavera ha llegado y yo me voy.
  El hoyo. Antes de hacerlo, compra un árbol. Pequeñito. No es conveniente meterse de repente en las narices, quiero decir, en las raíces de un árbol adulto. Los adultos somos raros por naturaleza. Y los árboles son seres de una sensibilidad estremecedora. ¿Sabes que se comunican entre ellos para luchar contra las plagas? Son poetas cojonudos. Vayamos al grano, es decir, al hoyo que no es hueco. Esparce mis cenizas alrededor de las raíces. Procede con la mayor de las cautelas. No quiero pasarme la eternidad buscando átomos de mí por medio mundo. Imagina que me cuelo en un tubo de escape, o naufrago en una isla de plástico, o me paso el día llorando porque soy lluvia radiactiva (mejor pensemos que tengo cebollas por pestañas).
  Estos días le he dado muchas vueltas. He pensado en la fotosíntesis. Ha de ser como un rayo en un vaso de whisky. He teorizado algunas tonterías: las ramas me harán cosquillas, ¡qué gustito…! La savia no me hará más sabio pero tampoco más tonto. En la copa del árbol reconocerás mi pelo ensortijado. Y, claro, los pájaros harán sus nidos, y cagarán, lo sé. Pero esa otra historia… Se me olvidaba. El árbol debe dar frutos. ¿Un limonero…? No. Fui agrio pero no tanto. ¿Un manzanero? Tal vez. Pero sólo te he visto comer una manzana en toda tu vida. ¿Un peral? Sí, un peral. Te encantan las peras y a mí me encanta decir que eres la repera cuando ando medio achispado. Me estoy yendo por las ramas. Olvida los frutos. Firmo ahora mismo ser un pino canario. Renacer del fuego como el ave Fénix. ¡Qué cosas digo…! Supongo que bastará una semilla del árbol que mejor te cobije. Espera, lo tengo. Plántame, como si escribieras un poema, en la piel del barranco donde hicimos el amor por primera, por segunda, por novena vez. Dice la leyenda que aún se escuchan, en la larga y escarpada noche, latidos salvajes.
P.D. Te guardaré la primavera.
 


CHINYERO
Autor: RAFAEL-JOSÉ DÍAZ

   Ahora ya no intento nombrar: me contento con que las cosas me penetren. Me dejo columpiar en medio de los pinos y no busco nombres para lo que desconozco. Sé que llevo en mí todos los nombres y ninguno. La arena es como mi propia piel: rasposa y cenicienta. Si hubiera venido aquí hace quince años estaría aventurando metáforas y ripios en vez de avanzar en círculos, desentumecer los huesos, disipar toda tentación de hablar mientras el paisaje se convierte en un nuevo surco, una nueva inscripción borrosa en la mente.
  ¿Alguna vez escuchaste cómo el viento soliviantaba las copas de los pinos, mientras abajo, al pie de las raíces, junto al camino, el silencio se escondía, se refugiaba en los pies, rebotaba entre los troncos? Hay árboles que saben cuándo va a cobijarse en ellos un pájaro, y para qué. Los hay de lomo azulado, los hay grises y casi transparentes, los hay del color de la miel y la pinocha. Pájaros y pinos, digo.
  ¿Y esto, ahora? ¿Esta araña gigante confabulada con el bosque, este arbusto muerto de muerta muerte viva, como el esqueleto de un corazón de ramas muertas que aún latiera en medio de la luz? Araña carbonizada, guardiana de este bosque, hechicera del viento y del rescoldo. Araña de los bosques: no me asustas.
  Allá, a lo lejos, la lava se contrajo, ¿hace cuántos milenios?, y engendró esos roques, incisiones, frentes negras. ¡Así que aquí es donde se celebran esos conciliábulos sobre los que leímos en libros quemados por la sal de tantas mareas! Asustan, son máscaras negras carentes de ojos, de bocas, puras narices que nos olfatean al pasar y reconocen en nuestro aliento el hedor de las alimañas.
  Pero hay que continuar, seguir en círculo la estela de lo irreparable. Supe entonces que me dirigía hacia otro tiempo, pero empeñándome en acudir a él desde el otro lado, desde el lado de acá, sin darme cuenta de que ese rodeo era impracticable. Para llegar a aquel otro tiempo –soñado o recordado, qué más da– debía hacerlo desde el lado de allá, debía situarme justo al revés, intercambiar mi posición con la del vigilante del origen y esperar a que empezaran a desplazarse nuestros respectivos lugares. Había, era cierto, otro tiempo más allá, no sé si en medio de la memoria o el olvido, pero para llegar a él no podía hacerse sino de esa extraña manera.
  ¡La frontera entre la colada y los pinos! Pon tu pie aquí, me dije, y siente cómo se quema. Salta hacia atrás para salvarte. El volcán es nuestro mejor dibujante. ¡Menudo Pollock está hecho para manchar de lava lo que se le ponga por delante! Pero sabe pararse cuando corresponde. Prevé que unos cuantos milenios después su gracieta será admirada como un ejercicio de precisión y que se propondrá como modelo de equilibrio entre la desmesura y la armonía, entre el caos y la elegancia.
Cuando, en algún momento del camino circular, surge el volcán a la derecha, tenebroso, intacto, protegido incluso por la normativa (“está terminantemente prohibido ascender a los volcanes”), lo miro casi como si, de algún modo, ya lo conociera. Este volcán, me digo, entró en erupción cuando mi abuela tenía cuatro años de edad. Ella decía recordarlo, o quizá se lo contaran años después. En cualquier caso, no hace tanto de esto: 1909. Poco más de un siglo. Ante un volcán como este, uno tendría que subir al cráter y dejarse caer por él como el loco de Empédocles. Alimañas, alimañas es lo que somos, ya lo he dicho.
  Más sencillo y menos irresponsable que transformarlo todo en palabras es caminar en silencio, apagar los restos de toda combustión interior –con el riesgo de aproximarse demasiado a ese otro borde del que no se regresa–, para probar al menos si no es así como mejor se puede percibir lo que un lugar como este nos brinda: un poco de calma, aire muy limpio, realidad, tiempo, cordura. No digo que, si hay oportunidad, no pueda uno preguntarse, asombrarse o desear a partir de determinados indicios, marcas, señuelos, pero sí que quizá lo más importante aquí es darse cuenta de que en ese momento es este el mejor lugar del mundo para estar; y no sólo darse cuenta, sino sentirlo con toda el alma, sin ambages, sin trabas.